jueves, 8 de diciembre de 2016

El hombre de la sonrisa

Paseando por un pequeño pueblo me encontré sentado en una silla, a un hombre que sonreía a todo aquel que pasaba ante él. La reacción de los paseantes era diversa según cada uno. Cuando yo pasé ante él, me hizo una sonrisa y yo le devolví, haciendo un gesto de consentimiento con la cabeza.
Al cabo de pocas horas, volví a pasar justo por donde se encontraba aquel hombre y al cruzarme ante él, me volvió a hacer una nueva sonrisa. Yo le devolví acercándome donde estaba.         
-         Buenas tardes, buen hombre – le dije. ¿Me permite ponerme a su lado y también sonreír a la gente?
Él, encantado, me hizo un lugar a su lado, entrando en su casa y trayéndome una silla para ponerla a su derecha. Era media tarde, y juntos, sonreíamos a todos aquellos que pasaban ante nosotros. Algunos nos devolvían la sonrisa y otros nos miraban como si estuviéramos locos y quisiésemos reírnos de ellos. Hubo, incluso, quien se molestó por nuestros gestos. Hubieron, también, quienes giraban la cabeza al pasar por delante nuestro para no recibir nuestro pequeño regalo.
Al día siguiente quise volver donde se encontraba aquel buen hombre, y la sorpresa que tuve, fue al darme cuenta que había cuatro sillas más, a parte de la suya. Todas una al lado de la otra. Con los minutos, aquellos asientos fueron ocupados por otros seres, que como yo, querían compartir y acompañar a aquel buen hombre. A medida que pasaban los días, la hilera de sillas era más larga. La gente se la llevaba de su casa para poder sentarse y añadirse al grupo de aquel hombre que hacía una sonrisa a todos los que pasaban por delante de él. Hubo un momento que éramos tantos los que estábamos sentados allí que habíamos de ponernos en la calzada, reduciendo los carriles de los coches a uno de solo. Cuando alguien pasaba por allí, aunque fuera por la otra acera, cincuenta y seis sonrisas le eran enviadas, de manera que, quien las recibía sentía la necesidad de hacer una para todos nosotros.
Con los días, lo que fue un solo hombre, se convirtió en una multitud, llegando a ser más de cien personas en aquel lado de la calle, rodeando a un hombre dedicado a regalar un pequeño gesto de amabilidad. Finalmente, los coches, les costaba circular por aquel trozo de la calle, tomando la decisión de cambiar de ruta, de manera que por allí ya solo circulaban bicicletas, alguna moto y los peatones. Un día, la guardia municipal local decidió cortar aquella calle, ya para siempre, convirtiéndola exclusivamente en peatonal.  
La gente continuaba añadiéndose al grupo, de manera que se llegó al punto que toda una acera de aquella calle estaba llena de sillas “sonrientes”, y los transeúntes pasaban por la calzada y la otra acera. Todos, absolutamente todos, fueron recibiendo una sonrisa de todos aquellos que se encontraban al otro lado. La gente ahora nos miraba y nos devolvía aquella sonrisa. Algunos repetían expresamente la experiencia porque les hacía sentirse bien y acompañados.
Con el tiempo, no hubo vecino de aquella población que no pasase, como mínimo, una vez al día por aquella calle para recibir centenares de sonrisas que le hacían desde el otro lado.
Aquel lugar fue conocido más allá de zona donde se encontraba, viniendo gente de todos los lugares para poder vivir personalmente la experiencia de recibir tantas sonrisas a la vez. Era una sensación maravillosa y de plenitud. Tenías la sensación que todos te aceptaban, y te sonrían. Tú te sentías feliz y con una sensación de paz contigo mismo. Aquella calle se llenó de una energía amorosa, no sentida hasta aquellos momentos, por la gente de la población todos querían repetir la experiencia una y otra vez.
Un día, al levantarme e ir a la “calle de la sonrisa”, que fue como se bautizó a aquel lugar, estábamos todos menos uno faltaba aquel hombre, que con su expresión bondadosa dedicó su tiempo a aliviar el corazón de la gente a través del gesto que tan bien sabía hacer: una sonrisa. Pregunté a los vecinos si sabían alguna cosa de él y me dijeron que aquella misma noche murió y que una ambulancia vino a llevárselo. Todo el pueblo se sintió triste por esta perdida. El viejo amable llegó a ser una llama de bienestar y amabilidad para todos.
El día de su adiós, el lugar donde se hizo, estaba repleto. Casi no cabían. En el entorno donde le enterrarían estaba rodeado por centenares de sillas, y la gente continuaba trayendo cada una la suya para hacerle el último homenaje. Cuando las cuerdas fueron cediendo para bajar el féretro dentro de la fosa, todos a la vez, hicimos una sonrisa, la última sonrisa para aquel hombre que hizo despertar los corazones de todos nosotros. A continuación, y como si todos nos hubiésemos puesto de acuerdo, sin hacerlo, cogimos nuestras sillas y nos dirigimos hacia “la calle de las sonrisas”. Nos sentamos y empezamos a hacer aquello que habíamos aprendido a hacer tan bien: una sonrisa a todos aquellos que cruzaban por delante de nosotros. Los niños, jóvenes, padres y abuelos, todos nos respondían con otra sonrisa.
La vida continuó en aquel pueblo. Cada vez se añadían más gente. Ya no era aquel trozo de calle, sino toda ella.
Con el tiempo, supe que se empezaron a hacer nuevos grupos en otras pueblos y ciudades. El mensaje era bien claro:

“Haz una sonrisa para alegrar la vida de los demás. Te lo agradecerán. El día será diferente, tanto para ellos, como para ti. Habrá valido la pena vivirlo. “


miércoles, 30 de noviembre de 2016

La Fragancia de tu Esencia

Y el jazmín esparció su esencia para dar de la mano al aire, y juntos, aromatizar la tierra donde había nacido”.

Por fin llega la Entrega, a cada uno en su instante, siendo entonces donde se puede sentir la fragancia de la existencia. Tu vida se eleva y, desde la cima de la Aceptación, del Fluir y la Fe, puedes apreciar la belleza de aquel quien eres emanando el Amor de tu Fuente interior y sintiendo en tu corazón la Unicidad y el Amor del cual fuiste creado. Un manantial irradiando la Luz de tu ser y la Serenidad de saber y haber recordado aquel quien, en el fondo, siempre fuiste.
Ahora, ha llegado el momento de esparcir tu esencia por este amado mundo. Tu interior llama a la puerta de servir a la Divinidad que siempre se ha acurrucado en tu interior esperando ser reconocida.
Ahora ha llegado el tiempo donde lo humano deja lugar a lo divino, donde aquel quien fuiste deja paso a quien eres y has sido en todo instante de tu existencia encarnada. Ahora has recordado que tu esencia no es humana, sino divina, y esta divinidad será la que empezarás a manifestar a partir de ahora.
Este instante es cuando recuperarás tus fuerzas para hacer frente y avanzar con la fortaleza de tu naturaleza para travesar las tempestades que hasta ahora, quizás, hayas podido estar viviendo.
Son tiempos de reafirmación y empezar a brotar en la luz que hay en tu interior, para mostrar tu belleza y tu amorosa esencia, regando así, los campos fértiles de tu andar para ir recogiendo los frutos tan esperados.
Ahora es el tiempo de la recolecta para muchos de vosotros. Abriros y dejad que el sentir de quien sois os lleve a la realización en vuestra vida actual y a la manifestación del verdadero ser que sois y siempre fuisteis.


“El jazmín sintió la plenitud en su interior al verter su aroma único e inconfundible, recordando a su entorno que la belleza se encuentra en ti y el universo nunca te olvida. Al inspirarlo, tu interior se transforma y te recuerda la armonía y el bienestar que siempre fuiste”.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La Sabiduría del Sentir

No me preguntéis quien soy.
Sentidme y sabréis de mí. Mirad lo que hago y mi actitud ante la vida, y sabréis de mí. Mis pasos os indicarán aquel quien soy. Mis silencios os hablarán y os harán sentir quién hay dentro de mi materia.
Aquel que siente mi esencia y respeta mi naturaleza ante la vida,…. puede llegar a percibir el verdadero ser que soy.
Mi mayor presentación es mi ejemplo. Por favor, no me preguntéis quién soy porque aquel quien quiera conocerme, que sienta mi interior. Él os hará saber toda mi esencia. Sintiéndola ya no tendréis más necesidad de preguntar: ¿y tú quien eres? No queráis obtener una etiqueta de mí. Sentidme, abrid vuestro corazón y sabréis más de lo que representa un enunciado intelectual
Prefiero mostrarme con mi presencia, con mi ejemplo, aquel quien en verdad soy. No importan las palabras, etiquetas que nos definen según unos cánones establecidos y más o menos conocidos. No queráis etiquetar a nadie, porque nadie es según lo definido. Todos vosotros sois mucho más que uno o unos conceptos racionales. Decir “administrativo”, es no decir nada de la persona en sí, de su interior, de su naturaleza y manera de ser. Decir que es “terapeuta”, tampoco nos dice nada de cómo es en verdad este ser.
La mayoría de las etiquetas convencionales os llevarán a encasillar a alguien con vuestras creencias, y cada uno es mucho más de lo que podéis llegar a percibir mentalmente de él. Somos seres con grandes capacidades para realizarnos de maneras diferentes. Todo oficio o actividad representa, la mayoría de las veces, una visión no real de la situación y de la manera de ser de alguien.
No etiquetéis. No preguntéis quién es alguien, en todo caso, “¿qué haces? ¿Es lo que siempre has deseado hacer? ¿Sientes que es el camino a seguir?” Estas cuestiones serían más acertadas para conocer a alguien que no “¿quién eres?”. Normalmente te dirán según su visión personal, no quién es.
Preguntar por preguntar. ¿Qué más da quién es aquel con quien estamos en estos momentos? Lo importante es lo que sentimos estando con él. Lo demás sobra, porqué ya iremos dándonos cuenta del verdadero ser que es, sintiéndolo. Escuchad a vuestro corazón, que él os dirá la verdad de la situación que estáis viviendo y con quien estáis viviendo. Una vez lo sentís, llevad a término su guía, porque os está indicando la mejor dirección para vosotros.
No preguntéis quién es el otro, sino, cómo ha llegado hasta aquí, debido que, lo que os hace sentir os agrada y os da bienestar. Vuestro corazón os hablará alto.
En mi caso, hay otra pregunta que no tengo una etiqueta para definir en una sola palabra, y es cuando se me pregunta: “¿y tú qué haces, a qué te dedicas?” Durante años he recibido multitud de etiquetas, de nombres que se relacionaban con mi misión en esta vida. Durante años procuraba decir algún nombre que los que me preguntaban podían llegar a entender, pero siempre no representaba lo que realmente hacía y no me sentía identificado. Era, todo y así, una manera para acercarme a los demás y poder llegar a ellos.
La gente a veces necesita una confortabilidad para sentirse seguro y pensar que está en buenas manos. Todo es mental. Sus corazones cerrados no permitían entender la grandeza que cada uno es, empezando por ellos mismos.
Fueron pasando los años y ahora, cuando alguien me pregunta “¿y tú qué haces, a qué te dedicas?”, mi respuesta no es una palabra. Sencillamente, con el tiempo, me fue llegando el qué decir ante situaciones como estas. Mis palabras pueden ser entendidas o no. Si así es, los oyentes entienden mi obra, y si no lo entienden, sencillamente escuchan y dejan de preguntarme.
Todavía, actualmente, hay un gran distanciamiento entre lo que uno hace y lo que le gustaría hacer. Cuando interior y exterior coinciden a voluntad de uno mismo, entonces, aquel quien eres se manifiesta con todo su resplandor ante el mundo. Cuando no es así, la vida nos ofrece un aprendizaje para aprender a perder los miedos y empezar a dar pasos hacia nosotros mismos, empezándonos a mostrar tal como somos y dirigiéndonos hacia aquello que sentimos. Cuando nuestra obra está en total consonancia con lo que sentimos, entonces estaremos llevando a término aquello que hemos venido a hacer, siguiendo el camino ascendente de nuestra misión.
Es en estos casos, cuando hay una realización en nuestras vidas, sintiendo la felicidad, el gozo y el Amor en cada acto que realizamos. Nuestro proceso, entonces, va acelerándose hasta liberarnos de todos los apegos y abriendo nuestro corazón de tal manera que, llegado el día, veremos la necesidad de hacer la Entrega de nuestra vida a las manos de nuestra Divinidad.
Entonces llegaremos a entender, a niveles superiores, nuestra existencia y el camino a recorrer dentro de nuestro proceso.
Será el Amor quien nos guiará y protegerá.
Será el Amor quien nos hará ver claro y discernir.
Será el Amor quien nos hará sentir la plenitud en nosotros, dejándonos llevar, cada vez a niveles más altos por aquel quien en verdad somos.
La vida, entonces, dejará de ser tuya para cruzar el umbral del servicio a la humanidad y a todo el planeta en el cual habitamos.
Nuestra Luz y nuestro Amor serán los espejos para todas aquellas almas predispuestas a escuchar y a sentir.
La mayoría de las veces no es necesario preguntar para saber. Sintiendo conoceréis la verdad.
No preguntéis, ¡SENTID!