miércoles, 21 de junio de 2017

Las gafas que nos permiten ver más allá




Como cada mañana, Paula se dirigía a su actividad cotidiana cruzando el monte hasta llegar a la población más cercana de donde vivía con su familia. Eran unos treinta y cinco minutos donde sus pies le llevaban al lugar conocido y habitual para poder ayudar a su familia, pero ella estaba en su interior sintiendo aquel paisaje que le permitía sentirse Una con toda la naturaleza y la vida que veía y percibía en sus desplazamientos.
Su mundo interior le hacía viajar hacia el universo de su existencia y la gloria de ser y estar en su presente. Su ahora le permitía ir más allá de su entorno y sentir la compasión y la sabiduría de la existencia.
Cada día hacía el mismo trayecto, con las mismas piedras, matorrales y polvareda en los tiempos más calurosos.
Una mañana se levantó para disponerse a aceptar su nueva jornada. Salió de su casa y emprendió el camino hacia su lugar habitual. En un recodo del sendero vio unas gafas en el suelo como si a alguien se le hubieran caído. Se dirigió a ellas. Las cogió y quiso probárselas para ver  si veía bien. Rápidamente que se las puso, se las quitó. Quedó como consternada por lo que parecía que había visto, o al menos, así parecía. Paula volvió a observar aquellas gafas, sus cristales por si eran diferentes a alguna de las gafas que ella ya había visto, pero todo parecía normal. Volvió a ponérselas y quedó como asombrada, poniéndose a llorar por lo que veía. Estaba quieta a un lado del camino que realizaba cada día. Giró la cabeza a un lado con las gafas puestas y luego al otro lado. Parecía ver algo inusual que le impresionaba gratamente. Sus lágrimas eran de sorpresa y alegría a la vez.
¡Había visto a sus acompañantes invisibles y su vida a partir de aquel momento! Con aquellas gafas podía ver más allá de su presente y a todo el séquito celestial que siempre le acompañaban y le protegían en sus desplazamientos, tanto por la mañana, como por la tarde. Entonces se las quitó y las guardó en una especie de bolsa que llevaba cruzada en el pecho.
Aquella mañana vio a una amiga suya. Se saludaron y Paula la escuchaba mientras se le decía que su madre estaba muy enferma y los médicos le dijeron que no le quedaba mucho tiempo. En aquel momento recordó sus gafas. Se las puso y vio todo el proceso de su madre y el remedio para salir adelante. Sin saber cómo se atrevió, le dijo a su amiga los motivos por los cuales su madre llegó al estado actual y cómo ayudarla en su recuperación aunque los médicos diagnosticasen la poca vida que le quedaba. La amiga se fue para poner en práctica lo que su amiga le había dicho. Al final su madre logró recuperar-se.
 A media mañana una compañera de trabajo se acercó a ella y le comentó lo mal que se encontraba y el gran malestar emocional que sentía en su interior. Paula recordó el encuentro con su amiga y lo que le había dicho, y se dispuso a ponerse nuevamente las gafas. Lo que vio fue una gran frustración en la vida, pero que saldría de esta situación si se autovalorase ella misma. Incluso vio qué debía de hacer para que así pudiera ser.
Aquella compañera se fue mucho más tranquila y esperanzada para poder salir del estado interior que se encontraba.
A lo largo de aquel día hizo más usos de aquellas gafas que se encontró en el camino. Cada persona que se le acercaba, Laura podía ver los caminos para llegar a la armonía y la sanación de cada ser que le consultaban. Parecía como si todos supiesen que nuestra Laura a partir de aquel día podía ayudarles en su vida.
Volviendo hacia su casa, quiso ponerse las gafas y centrarse en su vida a partir de aquel momento. En aquel instante oyó una voz que le dijo:
-         No son las gafas, sino tu corazón quien guía tus pasos y puede ayudar a quien lo necesita.
-         Sí – dijo Laura -, pero al ponerme las gafas lo veo todo más claro y con más perspectiva. Lo veo todo tal como es y debería de ser con plena certeza de lo que siento al verlo. (Pausa). Entonces, ¿por qué con las gafas lo veo todo muy claro y más allá del presente?
-         Estás preparada para que tu mundo interior pueda ser manifestado a los demás. El silencio debe de dar paso a tu manifestación tal como eres. Tu presencia debe de ser el espejo para todos aquellos que hasta ahora han desoído sus corazones. Mañana ya no necesitarás estas gafas, porque lo que sientes y percibes se encuentra en ti, no en las gafas.

Al día siguiente Laura se despertó y buscó las gafas al lado de su cama, pero no las encontró. Habían desaparecido. Vio a su hermana y a su madre. Cuando lo hizo sintió toda su vida actual y el camino a realizar por cada una de ellas. Cada persona que se le acercaba, podía discernir el tipo de sentimiento que albergaba en su interior y cómo sanarlo si le producía dolor o malestar.

De esto ya hace bastante tiempo. Actualmente se dedica a ayudar a todos aquellos que lo necesitan, escuchando a su corazón, sin más. Cada palabra emitida es la adecuada para poder continuar su proceso aquel ser que le viene a consultar.
Laura tiene un pequeño local donde atiende a todos los que se acercan a aquella población, o a los mismos habitantes para poder llegar a ellos mismos.
A veces necesitamos un estímulo para dar el siguiente paso, pero este estímulo no es un soporte constante, sino solo un empuje para dar el siguiente paso nosotros mismos y poder continuar nuestro proceso de ascensión para sentir nuestra verdadera esencia.
Podemos necesitar un apoyo, una orientación para activar nuestra capacidad de darnos cuenta que hay algo más que nuestro entorno tal como nos lo han hecho creer. Una vez hemos recibido esta orientación, debemos de ser nosotros quienes demos los pasos para llegar a nosotros mismos. Para ello es importante escuchar a nuestro corazón, porque sus susurros nos orientaran qué hacer a cada instante y el cómo.
Laura vivió su mundo hasta encontrar las gafas, sin compartirlo demasiado con los demás por no ser entendida. Necesitó de aquellas gafas para darse cuenta que todo lo que veía y sentía no era algo externo a ella, sino parte de su potencial innato. Cuando aprendió a conectar con él, entonces, dejó de necesitar las gafas que permitían ver más allá, así como entender el presente de cada uno. Todo consistía en SENTIR lo que su corazón le susurraba.
Toda la sabiduría existencial se encuentra en nuestro interior.
Lo que uno pueda llegar a necesitar se encuentra dentro de él. Vayamos a nuestro interior y dejemos de asistir, como a lo mejor venimos haciendo hasta ahora, a supuestos estímulos, los cuales nos hacen, sin ser conscientes, ser dependientes de nuestro entorno.
Llega un momento que cada uno debe de poner a la práctica todo aquello que siente desde su corazón. Cuando todos los seres encarnados así lo hagamos, entonces, el mundo cambiará aceleradamente, pudiendo ver la nueva Tierra y Humanidad, siendo Una con el Hogar y el Universo.

Solo el Amor puede cambiar nuestra vida hacia un estado de pleno bienestar. Las sanaciones y los milagros emanan de uno mismo. La liberación de los obstáculos, según nuestra mente, se produce al escuchar nuestro corazón y tener la actitud que él nos hace sentir desde la paz y la armonía interior, siendo estados de nuestra verdadera esencia.
Las gafas que nos permiten ver con claridad se encuentran en nuestro Sentir interior. Sintamos nuestra esencia y volveremos a nuestro estado prístino manifestado en esta dimensión en proceso de ascensión. Nuestra Divinidad pide paso para ser expresada.

Que el Amor y la Paz sean en cada uno de vosotros.

jueves, 8 de junio de 2017

Diálogo de una niña con su madre



Una vez, una niña de cinco años preguntó a su madre:
-        Mamá, ¿porque los papás no jugáis como nosotros?
-        ¿Por qué lo dices, hija?
-        Porque jugar es divertido y río mucho cuando lo hago.
-        ¿Ah, sí? – dijo su madre.
-        Vosotros no jugáis como nosotros. (Después de un pequeño silencio, prosiguió:) ¿Puedo ser siempre una niña, y no crecer? – preguntó.
-        No. Todos crecemos. Nuestro cuerpo empieza siendo pequeño pero después va creciendo. Necesita crecer para poder hacer más cosas.
La niña se quedó pensativa, y después de un silencio reflexivo, dijo:
-        Mamá, yo cuando sea mayor quiero divertirme como ahora. No quiero ser aburrida. Me gusta reír – dijo mientras hacía una sonrisa a su madre. Quiero aprender muchas cosas y tener muchos amigos.
-        Esto está bien, hija. ¿Tú crees que soy aburrida y no me divierto?
La niña miró fijamente a los ojos de quien le había traído a este mundo, y dijo:
-        No siempre tienes ganas de jugar. Papá casi nunca juega, y a mí me gustaría jugar, a veces, con vosotros.
-        Dínoslo – añadió su madre – cuando tengas ganas.
-        Es que no es lo mismo – respondió la niña. ¿A ti, los abuelos no te enseñaron a jugar? – preguntó.
-        Ellos estaban muy ocupados y no siempre podían.
-        ¿Entonces no jugaron contigo?
-        ¡Hombre, alguna vez! – respondió aquella mujer.
-        Yo te quiero mucho, y a papá también; y quiero que estéis contentos para jugar. Yo me divierto mucho y quiero que vosotros también.
-        Y nosotros queremos que tú seas feliz. ¿Lo eres, verdad?
-        ¡Sí! – dijo mientras asentía con la cabeza.
-        ¿Por qué me has preguntado si los papás jugábamos?
-        Porque veo que no siempre vais al parque ni en bici y a mí me gusta mucho cuando me acompañas al parque con los otros niños, o cuando papá me pregunta si quiero ir con él en bicicleta.
-        ¿Lo ves, hija, cómo si jugamos también a veces?
-        Mamá – dijo la niña después de un silencio -, te amo.
-        Yo también hija- dijo mientras abrazaba a su hija. Papá y yo te amamos. Eres un ángel para nosotros.
-        Ellos se pondrán contentos – dijo la niña a continuación.
-        ¿Ellos? – preguntó la madre. ¿A quienes te refieres?
-        ¡A ellos! Cuando me pongo en la cama y estoy sola, siempre están conmigo.
-        ¿Los ángeles quieres decir?
-        ¡Sí!. Siempre están conmigo y me hablan.
-        ¿Y qué te dicen? – pregunto su mamá.
-        Que no me preocupe porque tú y papá me amáis mucho. También me dicen que juegue porque me lo pasaré muy bien.
-        ¿Y lo haces, no?
-        Sí.
-        Esto está muy bien. Ellos siempre están y estarán contigo, hija. Los ángeles también nos aman y nos ayudan muchas veces.
-        Sí – interrumpió la niña. Una vez perdí el lápiz y ellos me dijeron donde estaba.
-        ¿Y lo encontraste?
-        ¡Sí! Estaba debajo de la mesa.
-        Mira – dijo su madre, si alguna vez quieres hablar sobre ellos o sobre algo que no entiendes nos lo puedes preguntar. ¿De acuerdo?
-        Sí – respondió.
A continuación se dirigió donde estaba su perro dispuesto siempre a jugar.

viernes, 2 de junio de 2017

Palabras sobre el Alma

Aquí os presento unas palabras a través de vídeo, transmitiendo sobre el Alma. 
A todos, un abrazo.