miércoles, 18 de mayo de 2016

El momento para llorar

Una vez, Carlota, una niña de cuatro años preguntó a su padre:
-      Papá, ¿por qué tú no lloras nunca? 
Su padre, viendo la espontaneidad de su amada hija le respondió:
-         Las lágrimas son para cuando se necesiten.
-         Papá – continuó preguntando la niña -, ¿cómo sabes que es la hora de llorar?
-         Escucha a tu corazón. Cuando llegue el momento oportuno, entonces lo sabrás porque sentirás la necesidad de llorar.
-         ¿Tú nunca has sentido esta necesidad?
-         Algunas veces pero mi corazón me decía que todavía no era el momento.
-         ¿Por qué?
Aquel padre cogió a Carlota en brazos y teniéndola con él, le cogió una de sus manitas y la puso sobre su corazón.
-         ¿Lo sientes? – le preguntó a la niña.
-         Sí.
-         Entonces, a veces, cuando el corazón va muy de prisa, puede ser una señal conforme ya te ha llegado la hora.
Dejó a su hija en el suelo y ésta empezó a jugar. Corría de un lado hacia otro del jardín de su casa, y entonces, cuando fue la hora de cenar entró dentro de la casa y se acercó nuevamente a su padre.
-         Papá, mi corazón va muy de prisa y no tengo ganas de llorar.
-         ¿Estás triste?
-         No.
-         Cuando estés triste, entonces habrá llegado el momento.
La niña cenó y a continuación se fue a dormir.
Al día siguiente, después de volver de la escuela, Carlota volvió a preguntar a su padre:
-         Papá, hoy me he enfadado con Julia (una compañera de clase) y me he puesto a llorar porque me había cogido unos colores y eran los míos.
-         ¿Estabas triste? – le preguntó su padre.
-         No.
-         ¿Estabas enfadada?
-         ¡Eran míos!
-         ¿Ves? Cuando estamos enfadados, a veces también lloramos.
Fueron pasando los días hasta que llegó uno donde Carlota entró en su casa llorando. Su padre, que sintió los gemidos y lloros de su hija, se acercó hacia donde ella se encontraba y le preguntó:
-         ¿Qué te pasa hija?
Carlota no podía hablar por el lloro que tenía. Sus lágrimas resbalaban por su cara. Su lloro era desolador.
Papá le cogió en sus brazos y le preguntó qué le pasaba, el por qué lloraba de aquella manera. La niña le respondió como pudo:
-         Han atropellado a un perro – dijo entre gemidos.
-         ¿Tu corazón va de prisa?
Ella se puso su pequeña mano derecha sobre su corazón y después de un instante asintió con la cabeza.
-         ¿Estás triste?
-         Sí – le respondió en medio del lloro.
-         Entonces, ya es hora de llorar. Llora, hija, llora.
Su padre la abrazó apretándola sobre su pecho. Al poco tiempo Carlota se tranquilizó y quiso bajar al suelo.
-         Papá – preguntó la niña cuando sus pies ya tocaron tierra-, ¿tú nunca has llorado?
-         Sí, una vez – le respondió.
-         ¿Estabas triste?
-         Sí.
-         ¿Tu corazón iba de prisa?
-         No mucho.
-         ¿Cómo sabías que debías de llorar?
-         Por qué amaba.
-         ¿Amabas a quien?
-         A mamá cuando nos dejó. ¿Verdad que te ha sabido mal que atropellasen a aquel perro?
-         Sí – respondió ella.
-         ¿Lo amabas?
-         Sí. Yo amo a los perros….y a los gatos también. (Después de una pequeña pausa, añadió:) ¡y a los conejos!
-         ¿Te acuerdas de mamá? – le preguntó su padre.
-         No mucho.
-         Cuando tú tenías once meses se fue hacia “el hogar”.
-         ¿A la otra casa?
-         Sí. Entonces lloré porque ya no la vería más, pero, ¿sabes qué? Estaba equivocado porque durante mucho tiempo nos venía a ver cuando dormíamos. Ella se presentaba y hablaba con nosotros y nos decía que allí donde se encontraba, estaba bien y que no nos debíamos de preocupar. Ella nos amaba y su estima siempre estará con nosotros. ¿Te acuerdas Carlota cuando una noche viste una luz en tu habitación estando en la cama?
-         Sí.
-         Era ella que había venido a verte.
Después de una pausa aquel padre le preguntó a su hija:
-         Por cierto, nunca te llegué a preguntar cómo te sentiste. ¿Tuviste miedo? ¿Te dijo alguna cosa?
-         A veces también la veo – dijo la niña. Me dice que no me preocupe y que tú me amas mucho. Ella me dijo una vez que en la casa donde ahora está, algún día nosotros también iremos.
-         Aunque se haya ido, continúa estando con nosotros – dijo su padre.
-         Papá, ¿cuándo murió mamá, estabas triste?
-         Sí, hija, sentía un nudo aquí dentro (señalándose el corazón) y me di cuenta que había llegado la hora de llorar.
-         ¿No has llorado más?
-         No he sentido que había de volver a hacerlo.
-         Papá, te amo – dijo Carlota acercándose a su padre y haciéndole un abrazo.
-         Yo también, hija. Yo también te amo.
Carlota, ahora ya es una joven de dieciocho años, sabiendo que su corazón y su interior le dirán cuando necesitará llorar y cuando no. Con los años ha ido aprendiendo que no siempre se llora de tristeza, dolor o pena, sino que también se puede llorar de alegría, de emoción, e incluso, cuando se ríe muy a gusto.
Con los años ha ido aprendiendo que el lloro es un medio que tenemos los seres humanos para expresar nuestro interior y liberar aquello que no nos hace sentir bien y se encuentra en nuestro interior.
Carlota encontró este “gesto” como lo más natural, tal como su padre le enseñó.
Cuando sintáis que os ha llegado el momento de llorar, hacedlo y os sentiréis liberados por la emoción, el sentimiento o dolor que pueda albergar vuestro interior. Aprended a hacer uso de todo aquello que sale de vosotros.
No hay nada de vuestro interior que no tenga una función en nuestro camino de evolución personal.
Carlota ahora es una chica que sabe expresar sus sentimientos, segura y llena de amor precedente de la comprensión de su padre y su actitud sincera ante los actos relacionados con las emociones. Su padre le habló desde el corazón, y todo lo que de él procede, solo crea amor, acogimiento, seguridad y verdad.

Y tú, ¿has sentido en algún momento que ya te había llegado la hora de llorar?
Actualmente, ¿dejas que el lloro salga cuando tu corazón te lo dice?
No lo prives de salir, porque él te liberará de la inquietud, la angustia, la pena y la tristeza que puedas llegar a tener. Es un gesto de autoestima importante para prepararte y dar el siguiente paso en tu proceso.
Deja que este regalo que la vida nos ha ofrecido, sea manifestado para volver a encontrar el equilibrio, la armonía y la calma en nosotros.


Que el Amor y la Paz sean en ti. 

jueves, 12 de mayo de 2016

Yuca, el indio

Más allá de nuestro mar, habitaba una tierra donde residían diferentes aldeas de indios norteamericanos.
En una de ellas, había llegado la hora que uno de sus miembros fuera en busca de su nueva tierra para fertilizar las almas que allí se encontraría.
Había llegado la hora de Yuca.
En el silencio de su corazón, y con las palabras de bendición hacia su Creador, se dirigió hacia su caballo, y juntos, empezar el camino que tanto tiempo había estado soñando y sus ancestros le permitieron ver. Lo acarició y de un salto montó en su lomo, cogiendo las riendas de aquel que le llevaría donde el tiempo se encargó de anunciar. Necesitaba emprender ahora el viaje para llegar en el momento adecuado de su vida.
De la aldea se vio alejarse uno de los grandes jinetes que tenían. Desde las puertas de sus tipis, sus hermanos del campamento, en el silencio alegraron sus corazones al ver que uno de ellos, emprendía el viaje, para quizás, ya no volver. No importaba si así era, porque en los sueños siempre se encontrarían y podrían mantener sus lazos desde el alma.
En el silencio y la fuerza de sus corazones, nuestro indio fue alejándose donde su silueta empezó a empequeñecerse hasta su desaparición.
Había deseado tanto tiempo este momento que su alma requirió el amado silencio para mantener su conexión con la guía de su corazón que le indicaba a cada instante la dirección a seguir.
Yuca sentía que su avanzar le llevaría a la tierra soñada durante las noches de los últimos tiempos.
¡Había deseado tanto estos momentos! Ahora, solo ante el manto celestial que le guiaba más allá de lo que sus ojos podían ver, pudo sentir la alegría de su interior y una liberación para empezar una nueva realización susurrada a lo largo del tiempo. Las estrellas le guiaban, los animales le indicaban qué camino tomar en una encrucijada.
Nuestro indio nunca estuvo solo a lo largo de todo el viaje. Estaba conectado con la tierra y el universo. Se relacionaba y comunicaba con otros seres de nuestro amado planeta. Plantas, reptiles, aves y mamíferos fueron parte de él, y ahora, después de atravesar las extensas praderas de su proceso encontró los primeros indicios del lugar donde enraizar su nueva vida.
El silencio le transmitía la sabiduría existencial, sintiendo con gran fuerza su esencia dentro de él. Sentía el Amor, la Familiaridad de no estar solo y la Claridad de lo que estaba haciendo o había de hacer en todo momento. La serenidad le acompañó en todo el trayecto.
Yuca tuvo que ponerse a las manos de su Creador. Con el tiempo fue dándose cuenta que su vida no le pertenecía y que él no era según pensaba. Un día vio una luz a su lado, otro día, estando en el riachuelo donde habían instalado la aldea vio a dos seres, como translúcidos, que le observaban y le dijeron: 
-         Tu muerte está cerca. Tus sueños pronto se harán realidad.
Nuestro indio cerró los ojos y los volvió a abrir. Allí donde le pareció ver a dos seres que le hablaban ahora no había nadie.
Pasaron días y noches desde que se fue, cuando una noche, acampado y acurrucado envuelto con su manta en este viaje hacia su misión, oyó una voz firme, serena y familiar que le decía:

-         Ha llegado tu hora. A partir de hoy dejarás de buscar. Aquello hacia donde te diriges, lo encontrarás y tu vida se enraizará, donde los mejores frutos de tu alma brotarán para alimentar a todos aquellos que a ti se acercarán. Todos se alimentarán y tu tronco, bajo tu copa, acogerás a todos aquellos que necesiten una buena sombra o un refugio  donde estar y sentir su corazón. A todos les acogerás y tu Luz se irradiará por toda la tierra de los hermanos encarnados. De lejos te vendrán, porque las águilas lo anunciarán y la brisa esparcirá la noticia de tu nuevo estado y enraizamiento. Tus frutos alimentaran la nueva Tierra para que todas las razas y seres que la habitan sean Uno. (Pausa). ¡Levántate, porque tu hora ha llegado!

Nuestro indio se levantó, recogió su manta, acarició a su caballo, y juntos, nuevamente, prosiguieron el camino hasta desaparecer en él.
Yuca, a lomos de su compañero fiel, sentía la importancia que él tenía para llegar allí donde había de plantar las nuevas semillas. Juntos habían conseguido salir airosos de diferentes encuentros con tribus invasoras. Para él no era un caballo, sino su hermano, amigo y un alma enviada para llevarlo a su gran sueño. Yuca le tenía mucho respeto y estima. Habían peleado juntos. Le había curado cuando se produjo ciertas heridas al defenderle de un ataque de coyotes. Fue su defensor. Era más que su acompañante. En su momento le puso el nombre de “la luz que defiende”. Era esbelto, fuerte y fiel. Percibe los estados de ánimo en los días más grises y la alegría cuando el sol irradia desde el centro de su corazón. La luz que defiende es Uno con Yuca, y Yuca es Uno con él. Los dos son una misma alma en busca de la Voluntad Superior en ellos.
Finalmente llegaron a una tierra donde fueron bien recibidos, y al saber de donde procedía, le invitaron a quedarse con ellos. Su presencia alegró a todas las almas que allí se encontraban. Les enseñó a sentir sus almas y a conectar con la tierra y el cielo. Hizo que sus corazones se abrieran para recibir y comunicarse con otros hermanos y ancestros que ya habían transcendido, así como con seres de otras dimensiones. Les enseñó, también a verse cada uno desde otra visión más allá de la convencional y a ver sus existencias, no desde lo conocido por transmisión cultural, sino desde sus corazones y su verdadera esencia.
Yuca enraizó su luz en aquella nueva tierra, y su vibración llegó más allá del territorio en el cual se encontraba. Oyeron hablar de él y multitudes quisieron conocerlo e ir ante aquel ser que les hablaba de su procedencia y les hacía sentir su verdadero Hogar. Hablaba de la verdadera Familia de la cual procedían.
Todos llegaron a conocer a nuestro amado indio llevado por la Voluntad Superior hacia aquellas nuevas tierras para él, pero tan familiares para su alma. Fue aceptado, amado y protegido por aquellos seres sedientos del agua de la vida eterna.
Por fin, nuestro amado jinete, guerrero y soñador, poniéndose a las manos de su Creador, fue dirigido hacia la realización de su vida, siendo una fuente de conexión con el Universo y la Tierra. Cielo y Tierra se unieron a través de él.
Todo aquel que se le acercó y se alimentó de sus palabras, su luz y amor, encontraron nuevamente el sentido inicial de vivir y la alegría y gratitud de haber llegado hasta su presente.
Yuca creó una nueva tierra donde Cielo y Tierra se unificaron, creando una entrada y alojamiento para todo el resto de la Gran Familia y Hermandad Celestial.

Tu vida tiene un sentido y un camino muy concreto a seguir.
Tu corazón te indica en todo momento los pasos a dar.
Abrirlo y escuchar su voz, te llevará a tu plena realización.
Tú puedes ser alguien como Yuca, estés como estés en estos momentos de tu vida, viviendo lo que vives.
Haz que tu corazón te hable. Escúchale y deja que te guíe.
La humanidad actual te necesita porque eres parte importante de la Familia. No estás solo/a.
Gracias por ser y estar aquí donde ahora estás.  
Gracias.

Que el Amor y la Paz sean en ti, amada alma.


miércoles, 4 de mayo de 2016

El ejemplo como aprendizaje

Soy un ser de pocas palabras, pero cuando mi presencia está sirviendo a la Divinidad, entonces, éstas fluyen de mi boca, encadenadas y dando sentido a mi presencia allí donde me encuentre.
Soy un ser discreto que me gusta estar conmigo mismo y en silencio, sintiendo la inmensidad de la creación y de mi existencia, encontrándome como en casa, como en mi verdadero Hogar, no el terrenal, sino el de donde todos procedemos, más allá de toda densidad.
No me gusta hablar por hablar y me encuentro bien en el silencio y el corazón abierto. Poder sentir mi vibración, mi verdadera esencia abre las puertas de la realidad y la Verdad del sentido de nuestra presencia en este mundo que vivimos.
Mi interior se expande y siente la amorosidad de nuestra verdadera esencia. Siento aquel quien soy y diversas luces aparecen ante mí. La mayoría las reconozco como luces angelicales, mis hermanos de la Luz, y otras, mucho más intensas siento la familiaridad del Hogar que se encuentra conmigo en estos momentos. Estar con ellos siempre aporta una armonización de todo tu ser al sentir el Amor que transmiten y recibes. Es una reafirmación del Amor que tú eres. Al sentirlo, percibes otras sensaciones y sentimientos álgidos, los más sutiles y elevados que pueden llegar a existir, y de alguno de ellos, a veces no encuentro palabras para expresarlos. Van más allá de todo conocimiento racional. Son puros, profundos y amorosos, sintiéndote arropado, respetado y protegido, entre otras sensaciones a un nivel absoluto, sabiendo que nada puede sucederte y sólo lo mejor puedes llegar a esperar que te llegue.
A veces parezco un observador de mi mismo al darme cuenta de la facilidad de expresión que puedo llegar a tener cuando estoy cumpliendo la misión que he venido a hacer. Es como si hubiera dos seres en uno, pero los dos están, a la vez, de servicio constante. Uno es como si fuera para lo terrenal más cercano, incluyendo a los círculos que tengo en mi vida cotidiana, y el otro es como si fuera para transmitir la Voluntad Superior, los mensajes procedentes de nuestro verdadero Hogar, y presentarlos, así como nuestra procedencia aquí en este mundo de materia.
Soy consciente de mi vida y de mi camino. Siento la guía de mi corazón susurrado por el Hogar del cual todos procedemos.
Me encuentro bien solo, en contacto con la naturaleza y los niños. Siento mi resplandor y la inmensidad que hay en mí y soy. Siento mi verdadera naturaleza y el Amor que habita en mi interior y en todo mi ser, transmitiéndome la seguridad y la confirmación de los momentos que cada instante vivo y siento.
Una de las cosas que he ido aprendiendo a lo largo de mi proceso, es el de ayudar sin intervenir. ¡Cuántos milagros realizados sin palabra alguna ni ningún intento de acercamiento consciente para hacer que la situación o aquellos seres cambien! Los milagros son posibles sin ninguna intervención física. Todo depende de la energía.
En vez de querer dar pasos hacia la persona o situación necesitada de estabilidad, dentro de un ambiente terrenal, con un gran enraizamiento mental, racional, respeta su decisión y los momentos que viven. Somos fuente emanando Luz, Amor y Paz. Cuando estén dispuestos a aceptarla, preparados para disponerse a cambiar, a alimentarse espiritualmente de otra manera a como lo venían haciendo hasta ahora, entonces, verán la fuente que tienen cerca de sí, y se abrirán a ti para sentir y ver materializado en sus vidas, aquello que sienten en su interior, relacionado con su voluntad.
Somos fuente Divina emanando la energía sanadora para nuestro camino y el de los demás, cuando nuestra consciencia sabe del camino de nuestra alma o está dispuesta a llegar a ella, a conectarse, después de años de alejamiento, y sentir la estabilidad en uno mismo.
En estos casos, solo sirve la máxima presencia de tu ser. ¡Sé tú! ¡Sé, tú! ¡Sé tú! Los que estén preparados  se darán cuenta de tu presencia. Tú estás aquí para aquellos que quieran continuar su camino y abrirse al proceso hacia su verdadero ser. ¡No estamos aquí para aquellos que no quieren cambiar! ¡Debemos respetar su libre albedrío para la evolución de su alma!
Hasta hace unos años, se quería convencer a todos para que cambiasen,  y dedicábamos mucho tiempo para que así fuera. A veces nos creaba malestar debido que veíamos que no nos hacían caso y nos consideraban personas extrañas, raras y con unas “creencias peligrosas”, sin tocar con los pies en la tierra. “La vida no es así, ¡a ver si despiertas de una vez! – nos llegaron a decir, haciendo burla en algún momento sobre nuestra manera de ser”. Sé lo que es esto por haberlo vivido en mi vida.
Llegó un instante donde empiezas a darte cuenta que no debes de ir y llegar a todos los que te rodean, sino que, lo único que debes de hacer, es SER TÚ. Tu luz y tu amor ya llegará y será percibido por aquellos que estén preparados para dar este cambio y abrir la puerta de su interior, de su corazón encerrado en lo más profundo de su ser, herido y desconfiado por lo vivido hasta entonces. Cuando es uno quien da el paso, entonces todo es posible. Cuando quieres que uno lo dé sin estar preparado, él no lo siente, y por lo tanto, será una pérdida de tiempo, energía, alimentando el ego de quien insiste en querer que llegue a donde uno quiere.
¿Sabéis? Las almas que nos rodean, nuestros familiares, amistades, pareja, hijo,…necesitan una energía pura y de más alta vibración para seguir sus caminos. Cuando la encuentran o la sienten, todos ellos empezarán a abrirse, y al hacerlo se darán cuenta de donde estarán las fuentes, y de saber discernir en sus caminos, lo que es luz o densidad, lo que es Amor o miedo. Poco a poco se irán decantando por todo lo que emana del corazón, porque empezarán a vivir, no desde la mente racional, sino desde la guía de sus corazones. Cuando así empieza a ser, sólo lo mejor pueden esperar en sus vidas.
Aquel que vive abierto de corazón, sintiendo la vida desde él, sabrá de ti y del universo aquí en la Tierra.
Sé tú y siendo tú, llegarás a los demás y los podrás ayudar, al irradiar la energía del amor procedente del Hogar del cual todos procedemos. Será a través del Amor que los milagros sucedan. Tu presencia amorosa, siendo consciente de tu esencia y sintiéndola, liberará a las almas de las resistencias, los miedos y las densidades que las rodean en forma de jaula, limitando su proceso y permitiendo que los miedos y los egos entierren el camino a seguir hacia la luz y la realización en nuestra vida.
Siendo tú, liberarás cualquier intento de sumisión, dominancia o limitación en tu camino y en el de los demás. Cuando tenemos el aire adecuado para respirar, la humedad para que las semillas puedan activar su crecimiento, así nosotros, los seres encarnados, fruto de una Intencionalidad Superior, albergando una Divinidad en nuestro interior, cuando sentimos nuestra verdadera esencia, el Amor que somos, la Paz que habita en nosotros, y nuestro potencial espiritual, entonces, abriremos nuestro corazón y nos desprenderemos de nuestro pasado, recuperando el empoderamiento como Dios que somos, viviendo una experiencia en esta dimensión.
Somos Divinidad encarnada. Somos almas en proceso de evolución para llegar a manifestar, de una manera plena y majestuosa, nuestra presencia, nuestra realización al mundo, a toda la humanidad, como parte del universo que somos, y permitir que todas las leyes espirituales existentes en él, también puedan ser aquí, en este planeta, también en evolución.
¡Sé tú!, y deja que todo sea.
¡Sé tú!, y sentirás la Divinidad en ti manifestándose y elevando a los que te rodean.
Sentirás el Amor hacia todos ellos, y los respetarás y valorarás por vivir lo que viven para su mayor bien. Serás el apoyo que necesitarán, siendo, sencillamente, tú.


Que el Amor y la Paz sean en ti.